De Rottweiler a Caniche: El refrán que nos robaron
La chispa: una conversación de barra
Hoy, después de cerrar, nos quedamos Antonio y yo recogiendo y haciendo balance del día. Pero la conversación que surgió no fue la de siempre. Fue una de esas que se te agarran por dentro, de las que te callas por fuera pero que por dentro quieres gritar al mundo.
El detonante fue un cliente que vino hoy, un buen tipo, pero se le veía más abatido que de costumbre. En un momento dado, mientras Antonio le servía una cerveza, soltó la frase. Esa frase que hemos oído tantas veces, casi como una oración de derrota:
—Total... para lo que me queda ya en el convento...
Antonio, que tiene un radar para estas cosas, asintió con la cabeza y le dio una palmada en el hombro. No le dijo nada más. Al fin y al cabo, como regentes de un bar, escuchamos mucho, pero no siempre nos vemos con el derecho de dar consejos. No somos psicólogos, y cada uno libra sus propias batallas.
La revelación: el refrán sin censura
Pero la frase se quedó flotando en el aire mucho después de que el cliente se fuera. Fue Antonio quien rompió el silencio mientras secaba el último vaso. Su claridad, forjada en años de escuchar a cientos de personas al otro lado de esta barra, a veces es meridiana.
—Es increíble cómo una frase puede calar tanto, ¿verdad? —me dijo, pensativo.
—¿A qué frase te refieres, Antonio? —le pregunté, porque durante el día se oyen muchas.
—A la de casi todos los días. La que hemos vuelto a escuchar hoy de ese cliente. La de "total, para lo que me queda en el convento...". La gente la dice como si fuera el final de la historia, como si ya no hubiera nada más que hacer.
—Ah, sí... —le contesté, ahora sí, entendiendo—. Es una señal de resignación total.
—¡Exacto! —exclamó Antonio, dejando el vaso con más fuerza sobre la barra—. ¡Pero es que se equivocan! Se están dejando la mejor parte. Están contando el chiste y olvidándose del remate.
Le miré con curiosidad.
—¿A qué te refieres?
Antonio se secó las manos en el delantal y me miró fijamente, como quien va a contar un secreto.
—A que el refrán no termina ahí. Nos han vendido una versión mutilada. El refrán completo no es una rendición. Es una declaración de guerra. Y que me perdonen nuestras vecinas, las monjas Dominicas del convento de aquí al lado, por la que voy a soltar.
Hizo una pausa, y entonces, con esa expresividad tan suya, moviendo los brazos de arriba abajo y con una sonrisa pícara que se le iluminó en la cara, soltó la bomba:
—El refrán milenario, el de verdad, termina diciendo: "...¡ME CAGO DENTRO!"
La reflexión: ¿Por qué nos convertimos en caniches?
Me quedé en silencio. Y luego me eché a reír. Y en esa risa me di cuenta de algo: yo también lo había olvidado. Yo también había borrado la parte más importante.
"Para lo que me queda en el convento, me cago dentro."
La frase entera resonó en mi cabeza y, de repente, todo cambió. No era resignación. Era rebeldía. No era pasividad. Era pura acción. Era el grito del que, al no tener ya nada que perder, decide que va a hacer exactamente lo que le dé la gana.
El impacto ha sido tan brutal que, antes de que la idea se me escapara, he decidido escribir esta entrada. Es algo imprevisto, quizás fuera del contexto habitual de nuestro blog, pero es una reflexión que siento la necesidad de compartir. Porque, sin saberlo, hemos permitido que nos roben la fuerza de nuestras propias palabras.
Nuestros ancestros lo tenían claro. Ante el final, ante la falta de opciones, la última opción era la más radical: la de no dejarse pisotear. ¿Por qué hemos eliminado esa parte de la ecuación? ¿En qué momento tergiversamos un refrán que nos hace pasar de ser un rottweiler a convertirnos en un caniche?
No lo sé, pero esta noche, al menos aquí, hemos decidido recuperar la versión original. Porque la vida, como la barra de un bar, a veces se pone difícil. Y aunque no seamos psicólogos, yo prefiero mil veces la sabiduría de barra de Antonio a un loquero que me atiborre de pastillas.
Gracias, Antonio, por ser una fuente de sabiduría con patas. Hoy me has dado una lección magistral.
Y a todos los que nos leéis, recordad esto: ante la desgracia, la injusticia o lo que sea que nos amedrente, la opción no es doblegarse. La opción no es resignarse.
La opción es, figuradamente y con todo el respeto a nuestras vecinas, "cagarse dentro".
Así que ahora ya lo sabes. La próxima vez, no nos vengas con la versión mutilada del refrán.