El Declive del Mercado de Abastos: Crónica de una Muerte Anunciada

Publicado el 30 de Diciembre de 2025

Mercado de Abastos de Santiago de Compostela

Antes iba una o dos veces por semana. Ahora, si voy una vez cada quince días es un triunfo. Está jodido.

Salgo, atravieso el parque de Belvís y empiezo a subir la Rúa das Trompas. Subir la cuesta, aun siendo siempre la misma, con el paso de los años cada día me cuesta más. Arriba está el Mercado de Abastos, un bloque de piedra grande y frío. Parece un fuerte.

Lo Que Ya No Hay

Dentro ya no hay nada que buscar. Vengo a confirmar lo que ya sé. Los tipos que vendían verdura de los pueblos de alrededor están casi todos fuera. Los que quedan parecen fantasmas. Donde antes se apilaban repollos de aquí, ahora hay carteles que ponen "Marruecos". El bacalao ya no huele a mar de aquí, huele a congelador de Argentina. Todo viene de la otra punta del mundo, envuelto en plástico, sin olor, sin sabor.

La calidad es una puta broma y el buen precio también. Lo que pagas es la gasolina de un camión, no un producto.

Lo que antes era un sitio útil, donde hablabas con el que te vendía y sabías lo que comprabas, ahora es un circo. Hay más turistas haciendo fotos que gente con carro de la compra. Le han puesto restaurantes y lo han convertido en un parque temático para que los forasteros vivan "la experiencia". Funciona, supongo. Pero ha dejado de ser un mercado.

El Doble Golpe

Y aquí viene el doble golpe: se ha cargado lo genuino, la tradición de sitio de pueblo, y se ha cargado el producto bueno de verdad. Las dos cosas a la vez.

La guinda final es ver esa mole de piedra, que se construyó para ser un mercado de verdad, convertida en el decorado vacío de una función que ni los que vienen entienden. Esa piedra tenía un significado. Ahora es solo el fondo de una foto para gente que no tiene ni puta idea de lo que había aquí.

Todos vivimos del turista, yo el primero. Pero es un trato sucio: hemos cambiado lo auténtico por ser extras en un escenario. Lo genuino por un souvenir.

La Competencia Desigual

Y luego está lo obvio: ¿cómo compite un puesto pequeño del mercado con el Hipercor, con Mercadona, con Alcampo o con el Centro Comercial de Cancelas? En precios, imposible. Las grandes distribuidoras globales tienen una logística que aplasta cualquier intento de igualar tarifas. El producto viene de la otra punta del mundo, pasa por mil manos, llega envuelto en plástico y te sale más barato que lo de aquí. Es la paradoja del sistema.

Pero en calidad, no hay color. Ahí es donde la diferencia se nota. Cuando comparas un repollo de los alrededores de Santiago con uno que ha viajado miles de kilómetros, cuando pruebas carne de aquí frente a carne congelada de no-sé-dónde, la diferencia es abismal. El problema es que cada vez quedan menos puestos donde encontrar eso.

Las Joyas Que Aún Resisten

Porque, ojo, todavía quedan algunas joyas. Pocos, sí, pero quedan. Hay puestos donde el producto de cercanía sigue siendo el rey, donde el tipo que te atiende sabe exactamente de qué pueblo viene lo que te vende y te lo puede contar. Esas son las perlas que hay que buscar entre la marea de plástico y carteles de "importado".

Nosotros, dentro de nuestras posibilidades, apostamos por eso. No es por presumir, aunque es motivo de orgullo: la carne de nuestras hamburguesas viene del Mercado de Abastos. Producto de la tierra. Sí, cuesta más que si llamáramos a un distribuidor grande y nos trajeran todo congelado en un camión. Pero es parte de mantener vivo el círculo. Retroalimentar lo nuestro.

Al final del día, la mayoría de la gente que viene al bar es de aquí. Gente del barrio que, de una forma u otra, vivimos del Mercado de Abastos o del círculo económico que se genera localmente. Son ellos, con su apoyo de siempre, los que nos permiten mantener esta apuesta. Si ese círculo se rompe, nos jodemos todos. Es así de simple.

El Camino de Vuelta

Salgo del mercado con estas ideas dándome vueltas en la cabeza. Es lo que hay cuando llevas años viendo cómo cambian las cosas.

Bajar la cuesta tan pronunciada es casi más complicado que subirla. Hay que controlar para no embalar y acabar en el suelo con toda la compra corriendo por la calle abajo. Las bolsas, eso sí, pesan poco, porque lo que compras ya no tiene sustancia. Luego toca subir de nuevo el parque de Belvís que bajaba a la ida. Vamos, que es un buen camino para hacer pierna.

Lo que se está yendo ahora —los últimos restos de aquello— se va para siempre. Como en esa frase de Blade Runner: "como lágrimas en la lluvia".

"Dentro de unos años, ni esto. Solo quedará la piedra. Un escenario vacío para un público que no sabe lo que está viendo."

Y probablemente, para entonces, yo ya ni venga. Es el declive. Punto.

Reflexión Final

Esto no es nostalgia barata. Es poner sobre la mesa una realidad que afecta a muchos mercados tradicionales en toda España. La turistificación no es progreso cuando arrasa con lo que dio sentido al lugar. Un mercado sin producto local, sin vendedores de aquí, sin esa relación humana que hacía de la compra algo más que un intercambio comercial, no es un mercado. Es un decorado.

Esta es una visión compartida con los vecinos de toda la vida del barrio, esos que han visto pasar décadas y transformaciones. Los más jóvenes quizás no lo entienden todavía, es cuestión de perspectiva del tiempo. Hay cosas que solo se ven cuando llevas años recorriendo el mismo camino.

Puede que suene duro, pero es lo que hay. Y escribirlo es la única forma de dejarlo registrado antes de que se convierta en humo. O en "lágrimas en la lluvia".

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